
Diego Fenoglio

Se hizo cargo de la chocolatería familiar a los 20 años, cuando murió su padre, y a los 40 decidió irse y empezar de cero. De esa segunda vida nacieron Rapanui y Franui, el bombón de frambuesa que hoy se vende en decenas de países y que Diego Fenoglio inventó con la cosecha de su propio jardín.
Nacido dentro de una olla de chocolate
La frase es suya y describe bastante bien el punto de partida. Sus padres, Aldo e Inés, llegaron de Italia a fines de los años cuarenta escapando de la posguerra, probaron suerte en Rosario y Mendoza y se quedaron en Bariloche. Abrieron la confitería Tronador, que con el tiempo derivó al chocolate hasta convertirlo en el negocio principal; cuando alguien intentó registrar el apellido, Aldo se le adelantó y bautizó así al comercio.
A ese padre pastelero se le atribuye la invención del chocolate en rama, surgida de un accidente sobre una mesada de mármol. Diego lo ayudaba desde chico en las temporadas de verano. A los 20 años, mientras estudiaba, Aldo murió de un infarto y él tuvo que abandonar la carrera y tomar la conducción del negocio junto a su madre y su hermana Laura.
La decisión de irse
Veinte años después llegó el punto de quiebre. Sentado en su casa de Bariloche, hizo un balance y concluyó que se había equivocado en varias cosas: se veía impetuoso, apurado en decisiones que ameritaban más reflexión. Quería otra empresa, con un producto más cuidado, aunque eso implicara vender menos al principio.
Se lo planteó a su madre y a su hermana, socias mayoritarias, y ellas prefirieron seguir como estaban. Su esposa de entonces también lo consideró una locura: empezar de nuevo a los 40. Vendió su parte, se fue y montó una planta chica. En el medio corrió motocross, jugó torneos de ajedrez y condujo cinco años un programa de radio nocturno sobre relaciones personales, que recuerda como el mejor período de su vida.
La nueva empresa se llamó Rapanui, por la casa donde había vivido muchos años. Arrancó despacio, con rentabilidad baja pero sostenida.
El invento que cambió la escala
Una década más tarde llegó Franui. La cosecha de frambuesas de su jardín superó lo habitual y se le ocurrió bañarlas en chocolate. Las probó, se las dio a su equipo —los más exigentes que conocía— y le alcanzó ver las caras para saber que tenía algo. Después vinieron las compras de fruta en El Bolsón, Lago Puelo y El Hoyo, y una categoría de snack que antes no existía.
Antes de Franui, Rapanui tenía un solo local en Bariloche. Hoy la marca ronda la treintena de puntos de venta y se comercializa en unos cuarenta países, con demanda que en algunos mercados europeos supera la capacidad de abastecimiento. La expansión no fue planificada en un tablero: el desembarco porteño se decidió cuando la ceniza del volcán Puyehue paralizó el turismo en el sur, con 60 empleados a cargo y el primer local en Recoleta. Los siguientes se abrieron preguntándoles a los clientes de qué barrio venían.
Un modelo deliberadamente lento
Fenoglio rechazó las franquicias por una razón concreta: si controlar la calidad con locales propios ya le resulta exigente, delegar el manejo del producto lo dejaría intranquilo. Prefiere vender menos. La compañía es familiar y sin socios externos: su hija Leticia maneja Europa desde la planta de Valencia, donde invirtieron 3,5 millones de euros y que abrió justo cuando la pandemia congeló todo, y su hijo Aldo se ocupa de América Latina desde la planta de Fátima. Casi todo se financia con capital propio, con poco endeudamiento, de modo que un proyecto que falla no arrastre a la empresa madre.
También tiene integrada la cadena de valor, desde la materia prima hasta el mostrador, lo que le permite sostener precios competitivos. En 2023 el negocio se repartía en partes de 50% chocolate, 30% helados y 20% Franui.
Un chocolatero fuera de la política
En 2021 la marca ganó una exposición inesperada cuando la entonces vicepresidenta preguntó en el Senado, sin advertir que la escuchaban, a qué hora cerraba Rapanui. Fenoglio evitó capitalizarlo: descartó mandar un obsequio porque podía leerse como festejo del error y repitió que él fabrica chocolates, no política.
Su fórmula de gestión es igual de austera: nunca planificó a diez años, mira horizontes de uno o dos, y sostiene que el mérito de un emprendedor está en reinvertir y en poner intensidad, pasión y tiempo sobre el producto. Descarta jubilarse.
