Liderazgo Empresarial

Alberto Arizu

Alberto Arizu, cuarta generación de la familia al frente de Luigi Bosca, la bodega fundada en Luján de Cuyo en 1901.

Cuarta generación al frente de una bodega nacida en 1901, condujo la salida al mundo del vino argentino premium y abrió el capital familiar a un fondo ligado al universo del lujo.

Pocas empresas argentinas cruzan la barrera del siglo sin cambiar de manos. Luigi Bosca lo hizo, y al frente sigue habiendo un Arizu. Alberto Arizu, bisnieto del fundador y cuarta generación de la familia, preside la bodega que su bisabuelo puso en marcha en 1901 en Luján de Cuyo, y desde esa silla empujó algo más grande que vender botellas: convertir un sello mendocino en una marca que pelee de igual a igual en el mercado mundial del vino fino.

De un pueblo de Navarra a Luján de Cuyo

El apellido carga geografía y oficio. Los Arizu venían de Unzué, un caserío cerca de Pamplona donde ya cultivaban viña; del otro lado del árbol, los Bosca llegaban del Piamonte italiano, otra tierra de tradición vitivinícola. Leoncio Arizu, el inmigrante vasco que cruzó el Atlántico a fines del siglo XIX, se prendió de Mendoza y montó la bodega en 1901. Su hijo Saturnino, ya nacido en la Argentina, sumó en 1933 una impronta más técnica, con material genético seleccionado para los viñedos. Y en los años sesenta entró en escena el padre del actual presidente —también Alberto, agrónomo de formación—, que volvió de California con una idea destinada a dar vuelta la góndola argentina.

El varietalismo que reescribió la etiqueta argentina

Hasta entonces, acá el vino se vendía con nombres prestados: borgoña, chablis, apelaciones francesas que dentro de la botella no garantizaban nada. La bodega cortó con eso a comienzos de los setenta, cuando lanzó sus primeros cuatro varietales —malbec, cabernet sauvignon, chardonnay y riesling— con la variedad escrita en el frente. Era una apuesta arriesgada en un país que tomaba litros de vino de mesa sin preguntar demasiado. Arizu suele recordar que Luigi Bosca fue la primera bodega boutique del país justamente por eso: hacía vinos de calidad cuando el negocio local corría detrás del volumen. Ese ADN tuvo un corolario regional: en 1989, el malbec de Luján de Cuyo obtuvo la primera Denominación de Origen Controlada del vino argentino, un sello a la europea que en su momento se adelantó bastante a su época.

La jugada de Alberto Arizu: abrir el capital

En 2018 tomó una decisión inusual para una empresa familiar argentina. Sumó como socio a L Catterton, el fondo de inversión vinculado al holding LVMH y a la familia Arnault, uno de los pesos pesados del negocio del lujo, con más de US$25.000 millones en activos repartidos por el mundo. Para Arizu, el movimiento traía algo más valioso que plata fresca: contactos, mercados y experiencia probada en levantar marcas globales. Él enmarca esa apertura en una crítica más amplia. La Argentina, sostiene, es «un país descolgado del mundo de los negocios», con ocho de cada diez empresas de capital cerrado cuando afuera la proporción se invierte. Abrir el paquete accionario, en su lectura, es una de las lecciones que buena parte de la economía local todavía tiene pendiente para poder jugar afuera.

El cabernet, la pelea por el segmento grande

El malbec puso a la Argentina en el mapa y Arizu no lo discute. Pero maneja un dato frío: esa variedad explica apenas un 3% del consumo mundial, mientras el cabernet sauvignon ronda el 20%. Una marca que aspire a codearse con los grandes necesita meterse en ese terreno más amplio. Por eso la bodega aceleró su proyecto de cabernet y contrató a Robert Mann, enólogo australiano apodado «Mr. Cabernet Sauvignon» por su recorrido en bodegas de primer nivel en Australia y California. La vara que se fijó es alta: el cabernet argentino compite mano a mano con Burdeos y con el de California, dos catedrales de esa uva.

El CEO que aprendió a medir el vino en horas de vuelo

Puertas afuera del viñedo, Arizu es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Nacional de Cuyo, con posgrados en marketing estratégico en San Diego y en desarrollo directivo en la Austral. La parte comercial la caminó literalmente: en una década pisó más de cincuenta países promoviendo el vino argentino, y llegó a presidir Wines of Argentina, la entidad que agrupa a las bodegas exportadoras. De su padre heredó una manera de pensar el oficio que le gusta repetir: entender de vino se parece a pilotear un avión, todo es cuestión de acumular horas, probar y volver a probar. Corre maratones —amateur, aclara él mismo—, esquía desde chico y tiene cinco hijos.

Mientras tanto, la vieja finca El Paraíso, donde vivieron tres generaciones de la familia, se prepara para reabrir como un espacio de experiencias alrededor del vino, y un blend homónimo ya lleva ese nombre a la botella. La pelea grande —la del cabernet y los mercados de Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, China y Brasil— recién arranca.