
Martín Rappallini

Hay ejecutivos que llegan a la cima de una entidad empresarial por herencia y otros que llegan por acumulación. Martín Rappallini pertenece al segundo grupo: abogado de formación, industrial por oficio y dirigente por decisión, construyó su autoridad sectorial durante tres décadas, primero rescatando una cerámica en concurso preventivo y después desarrollando parques industriales en el conurbano bonaerense. Ese recorrido lo depositó, en mayo de 2025, en la presidencia de la Unión Industrial Argentina, la central que reúne a la manufactura del país.
Un cordón industrial como escuela
Martín Rappallini nació en Maipú, en el sudeste bonaerense, y creció en una familia dedicada a la fabricación de cosméticos que había arrancado como una pyme y fue creciendo con el trabajo de sus padres. Ese entorno le dio algo que después resultaría determinante: la noción de que una empresa industrial es, antes que un balance, una máquina de coordinar personas, proveedores, turnos y plazos.
Se recibió de abogado a los 24 años en la Universidad de Belgrano. Más tarde completó un máster en marketing y cursó la carrera de coaching ontológico, una combinación poco frecuente en el mundo fabril argentino que explica en parte su perfil de negociador. Está casado con Inés y tiene cinco hijos.
1993: comprar una empresa en problemas
El punto de inflexión de su carrera llegó en 1993, cuando la familia adquirió Cerámica Alberdi, una antigua proveedora de la industria de la construcción que atravesaba un concurso preventivo, arrastraba dificultades financieras y tenía un parque tecnológico envejecido. Rappallini asumió la presidencia y encaró la reestructuración junto a su hermano, Ignacio Rappallini.
El proceso llevó años. La compañía levantó el concurso, cumplió con las obligaciones asumidas e inició una renovación de tecnología y de línea de productos. Una década después, Alberdi se había posicionado como líder del mercado argentino de pisos y revestimientos, posición que sostiene hasta hoy con plantas industriales en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Salta y ventas a más de treinta destinos externos.
Ese trayecto le dejó un aprendizaje que suele mencionar cuando habla de gestión: el manejo diario de una industria implica trato con trabajadores, negociación sindical, apertura de mercados, búsqueda de financiamiento, mejora de procesos y resolución de trabas impositivas y administrativas, todo a la vez. También lo obligó a estudiar de cerca los mercados europeos vinculados a la construcción y los mecanismos de transferencia tecnológica y de crédito que allí sostienen la inversión fabril.
Alberdi Desarrollos y el negocio del suelo industrial
En 2005 detectó un cuello de botella que ninguna empresa individual podía resolver sola: la dificultad para conseguir terrenos aptos para uso productivo cerca de los grandes centros de consumo. La respuesta fue fundar Alberdi Desarrollos S.A., dedicada al diseño y comercialización de parques industriales con estándares internacionales y menor impacto ambiental.
De ahí salieron los polos industriales de Ezeiza y Spegazzini, que hoy suman más de 600 hectáreas y desde 2012 albergan compañías de rubros muy distintos entre sí: calzado, metalúrgica, bebidas, alimentos, química, laboratorios y logística. La convivencia diaria con empresas de sectores diversos le dio una lectura transversal de la industria que después sería su principal activo como dirigente.
Del negocio propio a la representación sectorial
Rappallini empezó a participar en cámaras industriales en 1995, en los espacios de pisos y revestimientos y de cerámica roja. En 2012 dio un salto de escala: junto a otros ocho parques, convocó a los titulares de más de ochenta parques industriales bonaerenses para armar una red común. La entidad se constituyó como asociación civil en 2013, él la presidió durante cinco años y hoy ocupa la vicepresidencia. Esa red organiza la exposición anual EPIBA, que reúne a pymes industriales, proveedores, entidades de crédito y autoridades de los tres niveles del Estado.
La carrera institucional siguió una progresión ordenada. En mayo de 2018 fue elegido presidente de la Unión Industrial de la Provincia de Buenos Aires, cargo que sumó a la conducción del Departamento Pymi y Desarrollo Territorial de la UIA entre 2018 y 2021. En junio de 2019 la asamblea de la central fabril lo incorporó a su Comité Ejecutivo como protesorero primero; dos años después fue electo tesorero y luego vicepresidente regional.
La presidencia de la UIA
El 29 de mayo de 2025, el Consejo General de la Unión Industrial Argentina lo designó presidente de la entidad para el período 2025-2027, en reemplazo de Daniel Funes de Rioja. Llegó al cargo con 56 años y con una hoja de ruta explícita: mejorar la competitividad del sector.
Su diagnóstico parte de un dato que repite en cada foro. La industria argentina no expande su producción desde 2011 y el país tiene niveles de producción industrial por habitante que equivalen a la mitad de los de Brasil. Sobre esa base, sostiene que la manufactura es un sector transable que compite contra el mundo y que necesita condiciones equivalentes a las de sus competidores: presión fiscal comparable en los tres niveles de gobierno, normativa laboral actualizada, previsibilidad jurídica, crédito a tasas razonables e inversión sostenida en capacitación.
El “nuevo contrato productivo” como marca de gestión
La idea con la que Rappallini organizó su discurso es la de un nuevo contrato productivo. El planteo sostiene que el llamado costo argentino no se explica por un eslabón puntual sino por la suma de distorsiones acumuladas a lo largo de toda la cadena: impuestos municipales, provinciales y nacionales, fletes, ineficiencias logísticas, convenios desactualizados y déficit de formación técnica. Bajo esa lectura, la mejora continua deja de ser una tarea de cada empresa para convertirse en un objetivo compartido entre sector privado, Estado y sindicatos.
A esa agenda interna le suma una lectura internacional. Observa que la industria recuperó valor estratégico y geopolítico en el mundo, con Estados Unidos repatriando producción de semiconductores y otros bienes, y argumenta que la riqueza de un país no se mide solo por sus recursos naturales o la cotización de sus activos, sino por su tejido empresarial, sus capacidades tecnológicas y su base de ingenieros y técnicos formados.
Un liderazgo de negociación
El estilo de conducción de Martín Rappallini se apoya menos en la confrontación pública que en el trabajo de mesa: reuniones técnicas con el Ministerio de Economía, presentaciones en comisiones del Congreso, propuestas escritas antes que reclamos genéricos. Es la traducción institucional de lo que hizo en 1993 con una empresa concursada, cuando el problema no se resolvía con un anuncio sino con años de ejecución. Esa continuidad entre el gestor y el dirigente es, probablemente, el rasgo que mejor define su recorrido.
