Tecnología

Lisa Su

Lisa Su dirige AMD desde octubre de 2014 y preside el directorio desde 2022. Bajo su gestión, la capitalización de la compañía pasó de unos 3.000 millones de dólares a más de 700.000 millones.

Cuando Lisa Su asumió como CEO de AMD en octubre de 2014, la acción valía unos tres dólares y la empresa venía de despedir a la cuarta parte de su personal. Hoy AMD supera los 700.000 millones de dólares de capitalización, dejó atrás a Intel y pelea el mercado de chips para inteligencia artificial. Este es el camino de la ingeniera taiwanesa-estadounidense que hizo posible ese giro.

Una niña que desarmaba los autos de su hermano

La historia empieza en Tainan, en el sur de Taiwán, donde Lisa Su nació en noviembre de 1969. Tenía tres años cuando la familia se mudó a Estados Unidos para que su padre cursara un posgrado. Creció en Queens, Nueva York, con un padre estadístico del gobierno municipal y una madre contadora que más tarde se volvió emprendedora y le fue explicando, casi sin querer, cómo funciona un negocio.

Su curiosidad tuvo una primera víctima doméstica: los autos a control remoto de su hermano, que ella desarmaba cuando dejaban de andar para averiguar por qué. En la secundaria llegó su primera computadora, una Apple II. Estudió en el Bronx High School of Science, donde egresó en 1986 y donde armó un proyecto que todavía recuerda con gusto: simular un huracán dentro de una caja, con agua hirviendo y ventanas para mirar el desastre desde afuera.

El MIT, un trabajo part-time y el flechazo con los semiconductores

Entró al MIT en 1986 y eligió ingeniería eléctrica con un criterio poco romántico: le pareció la carrera más difícil de todas. El resto lo decidió el azar. Buscando un trabajo de medio tiempo en su primer año, terminó en un laboratorio de semiconductores haciendo tareas menores para un estudiante de doctorado. Se puso por primera vez el traje blanco de sala limpia y le fascinó que una pieza minúscula pudiera concentrar tanta capacidad de cálculo. Ella misma lo cuenta sin adornos: las carreras se arman bastante por casualidad.

Ese trabajo definió las tres décadas siguientes. Se doctoró en el MIT en 1994 con una tesis sobre transistores MOSFET de silicio sobre aislante, bajo la dirección de Dimitri Antoniadis y James Chung, y fue de las primeras investigadoras en explorar esa técnica cuando todavía nadie sabía si iba a servir para algo.

IBM: el cobre, un jefe sin formación técnica y el chip del PlayStation 3

Pasó menos de un año por Texas Instruments antes de entrar a IBM en 1995, donde se quedó unos trece años y donde, según ella misma dice, terminó de formarse. Ahí resolvió uno de los problemas industriales de la década: cómo reemplazar el aluminio por cobre en las conexiones de los chips sin que las impurezas arruinaran los dispositivos durante la fabricación. La tecnología salió en 1998, se volvió estándar y dio procesadores hasta un 20% más rápidos.

En el año 2000 la llamaron a la sede de Armonk para un puesto raro: asistente técnica de Lou Gerstner, entonces presidente ejecutivo de IBM. Su tarea era enseñarle tecnología a un jefe que dirigía una compañía técnica sin ser ingeniero. Lo describe como la oportunidad de mirar de cerca cómo se vive en la cima de una empresa global, un aprendizaje que le sirvió catorce años después.

Luego fundó y dirigió la división de productos emergentes, un pequeño equipo de diez personas dedicado a biochips y semiconductores de bajo consumo. Desde ahí representó a IBM en la alianza con Sony y Toshiba a la que Ken Kutaragi le pidió multiplicar por mil el rendimiento de los procesadores para consolas. De ese trabajo salió la idea del chip de nueve núcleos que terminó siendo el Cell del PlayStation 3.

Freescale y la decisión que sus mentores no entendieron

En 2007 dio el salto a la primera línea ejecutiva: entró a Freescale Semiconductor como directora de tecnología y después se hizo cargo del negocio de chips para redes, que ordenó lo suficiente como para que la empresa saliera a bolsa en 2011.

Cuando anunció que se iba a AMD en enero de 2012, varios mentores le dijeron que era mala idea. AMD arrastraba un historial de ejecución irregular y ni siquiera figuraba entre las compañías serias del sector. Su razonamiento fue otro: quería dirigir una empresa que importara en la industria de los procesadores, y las transiciones tecnológicas grandes, decía, siempre reparten ganadores y perdedores.

Octubre de 2014: recibir una empresa en caída libre

Llegó como vicepresidenta sénior a cargo de las unidades de negocio, que prácticamente no existían como tales. Se convirtió en directora de operaciones a comienzos de 2014 y seis meses después, el 8 de octubre, el presidente del directorio la llamó para ofrecerle la dirección ejecutiva en reemplazo de Rory Read. Fue la primera mujer en dirigir la compañía.

El cuadro que recibió era feo. AMD venía de despedir al 25% de su personal, había vendido y vuelto a alquilar su edificio de Austin, se había desprendido de sus fábricas de chips y cargaba con deuda. La acción rondaba los tres dólares y su participación en el mercado de procesadores para centros de datos era tan baja que internamente la redondeaban a cero. Encima, las PC —su mercado principal— estaban en retirada frente a los teléfonos y las tabletas.

Parte del directorio quería virar hacia procesadores móviles. Su miró los números y dijo que no: ese negocio era bueno, pero no era el negocio en el que AMD podía ser la mejor. La apuesta fue por la computación de alto rendimiento, con tres pilares declarados desde el primer día: productos excelentes, relaciones reparadas con los clientes y una empresa más simple.

Zen, los chiplets y el regreso al ring

Mientras los ingenieros trabajaban, había que pagar los sueldos. Los acuerdos con Microsoft y Sony para poner silicio de AMD dentro de la Xbox One y la PlayStation 4 dieron ingresos estables y cambiaron el perfil de la empresa: las ventas ajenas al mercado de PC pasaron del 10% al 40% en apenas tres años.

A los ingenieros les puso un objetivo incómodo: un procesador 40% más rápido que la generación anterior. La respuesta técnica fue rediseñar el CPU desde cero con una arquitectura de “chiplets”, que en lugar de grabar todo el procesador en una sola pieza de silicio reparte los circuitos en varias piezas que después se unen. La fabricación se volvió más confiable y escalable. Al chip lo llamaron Zen, por el equilibrio buscado entre consumo y potencia.

Los Ryzen llegaron al mercado en 2017, justo cuando Intel empezaba a tropezar con retrasos. La participación de AMD en el mercado de CPU trepó a casi el 11% ese año y siguió subiendo con cada generación. En febrero de 2022, tras cerrar la compra de Xilinx por unos 49.000 millones de dólares, AMD superó por primera vez a Intel en valor de mercado y Su sumó la presidencia del directorio.

La pelea por la inteligencia artificial

El siguiente capítulo se juega en los centros de datos. En noviembre de 2024, la supercomputadora El Capitan, construida con más de 44.000 unidades de procesamiento acelerado de AMD, se convirtió en la más potente del mundo, desplazando a otra máquina que también corría con chips de la compañía. Su lo festejó como pocas cosas: dice que para esos días trabaja.

Ese mismo silicio baja después al mercado. Los aceleradores Instinct que AMD vende para IA comparten diseño con los de El Capitan, y los ingresos de esa línea pasaron de prácticamente cero a unos 5.000 millones de dólares proyectados en un solo año. Sigue siendo una porción menor frente al dominio de Nvidia —dirigida por Jensen Huang, primo hermano de la madre de Su—, y el software de AMD todavía corre por detrás. La estrategia declarada es no pelear la misma pelea: apostar a un ecosistema abierto, aceptar el trabajo extra de interoperabilidad y confiar en que ningún cliente grande quiere quedar atado a un único proveedor. Su proyecta que solo el mercado de chips especializados para IA valdrá 500.000 millones de dólares en 2028.

Geopolítica, Taiwán y una decisión que quedó marcada

Los chips más avanzados de AMD se fabrican casi exclusivamente en Taiwán, a unos 130 kilómetros de la costa china. Eso convierte cada decisión comercial en un asunto de política exterior. En 2016, Su autorizó una licencia de diseños a un consorcio de empresas chinas que le dejó 293 millones de dólares a una AMD todavía necesitada de caja; en 2019 esa sociedad quedó en la lista de entidades restringidas y en 2022 nuevos controles prohibieron vender los chips más avanzados a compañías chinas. Su defiende la operación por el contexto de la época y sostiene una posición doble: es partidaria de traer más fabricación a Estados Unidos, pero advierte que eso no se hace de un día para el otro. Desde noviembre de 2025 preside el directorio de la Semiconductor Industry Association, la asociación que agrupa al 99% de la industria estadounidense por facturación.

Cómo lidera: metas grandes, plazos largos y gente

Su método tiene reglas visibles. La primera: los equipos se movilizan con objetivos ambiciosos, no con promesas de mejorar un poco acá y allá. La segunda: en semiconductores, lo que se decide hoy se ve recién en tres a cinco años, así que la tarea del que dirige es proteger ese tiempo para que los ingenieros trabajen. La tercera, que repite ante estudiantes y ejecutivos por igual: el liderazgo no viene de fábrica, se entrena, y el trabajo del jefe es dar oportunidades a gente que todavía no demostró todo.

En la práctica es exigente. Convoca reuniones los fines de semana, discute documentos largos que circularon después de medianoche y baja al laboratorio a revisar personalmente los prototipos que llegan de fábrica. Ese ritmo no le sirve a cualquiera y hace difícil sobrevivir en la empresa a quien no cumple lo que promete.

Premios, cifras y vida fuera de la oficina

Fue la primera mujer nombrada CEO del Año por la revista TIME, distinción que recibió en 2014 y otra vez en 2024. También la primera en recibir la medalla IEEE Robert Noyce, en 2021. Sumó el premio Robert N. Noyce de la SIA en 2020, el ingreso a la Academia Nacional de Ingeniería en 2018 y a la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias en 2020. En 2022 el MIT le puso su nombre al edificio 12, sede de MIT.nano. Forbes la ubicó en 2025 como la décima mujer más poderosa del mundo. En 2020 encabezó el ranking de remuneraciones ejecutivas de Associated Press, con un paquete de 58,5 millones de dólares correspondiente a 2019, la primera vez que una mujer lideraba esa lista.

Vive en Austin con su marido, Daniel Lin. Boxea para mantenerse en forma, juega al Texas Hold’em con su equipo comercial y se queja de que su handicap de golf empeoró desde que es CEO. Su patrimonio supera los 1.000 millones de dólares, un número que llegó tarde en una carrera que empezó con un traje de sala limpia y un trabajo de medio tiempo.