
Alejandro Resnik

Pocos argentinos levantaron tanto capital de riesgo en Estados Unidos como Alejandro Resnik. Programador desde chico, ingeniero por el ITBA y MBA del MIT, fundó tres compañías en tres industrias distintas —suplementos nutricionales, autos usados y alquileres residenciales— y en cada una repitió el mismo movimiento: identificar un mercado enorme donde el consumidor desconfía del intermediario y reemplazar esa desconfianza con datos, garantías y servicio. Hoy conduce Belong, una plataforma que administra alquileres de largo plazo en varias ciudades norteamericanas.
Una Commodore 64 en Flores
La biografía empieza con una computadora doméstica. Resnik se crió en el barrio porteño de Flores y aprendió a programar en la escuela primaria con una Commodore 64 que le regalaron sus padres. Con becas de por medio cursó el secundario en la Escuela ORT y siguió Ingeniería Industrial en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires. Su primer trabajo formal fue como analista en Ternium.
La vocación emprendedora apareció antes que el título. A los 18 ya había montado una empresa de registro de dominios de internet y, antes de recibirse, armó una segunda compañía de comercio electrónico de productos saludables: Global Vitamins, fundada en 2005, dedicada a la venta de vitaminas y suplementos por suscripción en mercados de América Latina y Europa. Esa firma llegó a tener unas 75 personas y fue vendida en 2011, la operación que financió el capítulo siguiente.
Boston, el MIT y un auto incendiado
Con la venta cerrada, Resnik se instaló en la zona de Boston para cursar un MBA en Emprendedorismo e Innovación en el Massachusetts Institute of Technology. El origen de su tercera empresa no fue una tesis sino un accidente: en 2011 compró un auto usado en un concesionario y, a los pocos días, el vehículo se prendió fuego en plena autopista con su esposa al volante. Cuando reclamó, le respondieron que el plazo legal de responsabilidad ya había vencido.
El reclamo judicial terminó con la devolución del dinero más daños, y de paso lo obligó a estudiar la letra chica de las lemon laws estadounidenses. Ahí encontró el problema que buscaba: la asimetría de información entre quien vende y quien compra un auto usado. Lo convirtió en proyecto de maestría, investigó con profesores del MIT cuánto estaría dispuesta a pagar la gente por comprar online y dónde estaban los puntos de fricción del proceso.
Beepi y el estándar de las 240 inspecciones
De ese trabajo nació Beepi, una plataforma de compraventa de autos usados entre particulares que Resnik fundó junto a Owen Savir. La compañía controlaba la cadena completa: el primer empleado contratado fue el jefe de inspecciones, que diseñó una revisión de 240 puntos realizada en la puerta de la casa del vendedor. Beepi fijaba el precio, hacía un mantenimiento ligero, entregaba el vehículo a domicilio en cuatro a nueve días, lo garantiza por tres meses o 3.000 millas y admitía devoluciones dentro de los diez días.
El detalle que resumía la filosofía de la empresa era doméstico: cada auto entregado llevaba un moño, y la compañía analizaba datos hasta para saber qué colores prefieren los compradores. Beepi llegó a operar en dieciséis áreas metropolitanas de Estados Unidos, superó los 260 empleados, levantó cerca de USD 149 millones de capital —con la automotriz china SAIC entre sus inversores— y alcanzó una valoración cercana a los USD 500 millones. Su ciclo se cerró a comienzos de 2017.
En 2014, con Beepi en plena expansión, la revista del MIT, MIT Technology Review, lo incluyó en su lista de Innovators Under 35 para América Latina, en la categoría Internet & Web.
Del otro lado del escritorio: Andreessen Horowitz
Tras el cierre de Beepi, Resnik pasó una temporada dentro del fondo Andreessen Horowitz como Founder in Residence, en Menlo Park. Fue una etapa poco visible pero decisiva: le permitió mirar el negocio desde la silla del inversor, entender cómo se evalúan las tesis de mercado y qué separa a una compañía escalable de una que solo crece. Años después, ese mismo fondo —el que financió a Airbnb en sus inicios— se convertiría en el principal accionista de su siguiente proyecto.
Belong: alquilar sin fricción
En 2018 fundó Belong junto a Owen Savir y Tyler Infelise. La idea es un mercado de alquileres residenciales de más de un año donde la plataforma no se limita a conectar partes, sino que absorbe la operación completa. Si se rompe un caño, el inquilino lo reporta desde la app, el propietario aprueba uno de tres presupuestos y la gestión termina ahí. Al dueño le garantiza el cobro el primer día de cada mes, sin importar si el inquilino pagó en término. Al inquilino le permite abonar el depósito en cuotas y destina el 3% de lo que paga a un fondo pensado para que pueda acceder algún día a un crédito hipotecario.
El crecimiento fue rápido. La pandemia funcionó como acelerador —la gente prefería resolver la búsqueda de vivienda sin recorrer casas— y en 2020 la compañía quintuplicó la cantidad de propietarios e inquilinos registrados. Para 2022 administraba propiedades por unos USD 2.000 millones, movía USD 100 millones anuales en alquileres y generaba entre 200 y 300 contratos nuevos por mes.
El respaldo financiero acompañó: tres rondas sucesivas sumaron USD 58 millones hacia comienzos de 2021, con nombres como Jeff Jordan —accionista de Airbnb y Pinterest—, Eric Wu, entonces CEO de Opendoor, y el ex secretario del Tesoro estadounidense Larry Summers. En mayo de 2022 cerró una cuarta ronda de USD 80 millones encabezada por Andreessen Horowitz. Ese mismo año la empresa trasladó su base de la Bahía de San Francisco a Miami, y más tarde sumó operaciones en Utah, además de un centro de back office en Filipinas.
Talento argentino como estrategia, no como gesto
El rasgo que mejor distingue su liderazgo es dónde decidió poner el equipo. Cuando abrió su tercer centro de investigación y desarrollo, Resnik no eligió Silicon Valley sino Buenos Aires: en 2021 salió a contratar cuarenta desarrolladores e ingenieros argentinos y, un año después, amplió la búsqueda a doscientos profesionales en Argentina y México para áreas de ingeniería, producto y ciencia de datos, en su mayoría de manera remota.
Su argumento no es sentimental. Sostiene que el capital humano argentino es difícil de conseguir en cualquier otro lugar del mundo, incluso en el propio Valle, y que las universidades del interior del país forman buenos ingenieros. Esa convicción tiene un correlato interno: en Belong, desde un ingeniero hasta un plomero que hace reparaciones tiene participación accionaria en la compañía. Para alguien que construyó su carrera resolviendo problemas de confianza entre desconocidos, repartir la propiedad del negocio entre quienes lo ejecutan es menos un beneficio que una coherencia.
A su recorrido como fundador le suma el de inversor ángel en más de veinticinco startups, un rol que lo mantiene conectado con la generación siguiente de emprendedores latinoamericanos.
