Tecnología

Matías Peire 

Matías Peire creó GRIDX para conectar investigadores latinoamericanos con emprendedores e inversores y transformar desarrollos científicos en nuevas compañías.

En 2013, Matías Peire vendió su parte en la empresa de software que había ayudado a construir y no hizo lo esperable: no fundó otra ni salió a levantar un fondo. Se tomó tres años para responder una pregunta incómoda sobre América Latina. La región tenía investigadores de primer nivel publicando en revistas de alto impacto, pero casi ninguna empresa de base científica en la que un inversor pudiera poner dinero. El diagnóstico que sacó de esa investigación fue que el problema no era de capital, sino de oferta: no se puede invertir en compañías que no existen. Así nació GRIDX en 2016, un company builder que no busca startups científicas sino que las fabrica, emparejando investigadores con perfiles de negocios. Ocho años después son más de ochenta empresas en siete países, con unos 700 científicos trabajando dentro de ellas.

Tres años buscando un modelo antes de invertir un peso

La historia de GRIDX empieza con una pausa poco frecuente en el mundo emprendedor. En 2013, después de vender su participación en 3Way Solutions —una empresa de software y electrónica especializada en video digital—, Matías Peire no salió a levantar un fondo ni a fundar otra compañía. Se tomó tres años para investigar una pregunta concreta: cómo conectar el sistema científico latinoamericano con el capital de riesgo.

Lo que encontró explica el diseño de todo lo que vino después. La región tenía investigadores de nivel mundial, publicaciones en revistas de alto impacto y colaboraciones con instituciones globales, pero casi ninguna empresa de base científica en la que un fondo pudiera invertir. El problema no era de plata: era de oferta. No se podía invertir en compañías que no existían.

De ahí nació el modelo. GRIDX, fundada en 2016, no busca startups armadas: las fabrica.

Cómo funciona una fábrica de compañías científicas

El mecanismo es sistemático y se repite todos los años. GRIDX selecciona alrededor de veinte proyectos científicos y otros veinte perfiles con experiencia en negocios, y los pone a trabajar juntos durante un programa de tres meses. De esa combinación salen los equipos fundadores de las nuevas empresas.

Cuando una de esas duplas cuaja, el fondo se convierte en uno de los primeros inversores, con un cheque inicial que ronda los US$ 200.000 a US$ 250.000. A partir de ahí, la tarea deja de ser financiera y pasa a ser operativa: contratar gente, ordenar el capital, salir al mercado, conseguir los siguientes inversores. Peire lo describe como acompañar la gestión del negocio, no solo elegir dónde poner dinero.

El resultado, ocho años después, es un portfolio de más de ochenta empresas con fundadores de siete países de la región y alrededor de 700 científicos trabajando dentro de ellas. Nombres como Bitgenia, en bioinformática genómica; Stamm, que patentó un biorreactor de flujo laminar de escala industrial; Beeflow, que aplica biología molecular al rendimiento de cultivos polinizados por abejas; o Bioeutectics, salieron de ese circuito.

El capital: de US$ 10 millones a un tercer fondo

El primer vehículo de inversión se armó a comienzos de 2017 junto a integrantes de la Cámara Argentina de Biotecnología y terminó de consolidarse en 2018, con US$ 11 millones. En sus rondas iniciales el fondo tuvo el respaldo de jugadores pesados de la industria local: Grupo Insud, Bioceres, Bagó, Gador y Vicentín, entre otros.

El segundo fondo, de US$ 30 millones, arrancó en 2022 y todavía se está ejecutando. El tercero estaba proyectado para lanzarse en 2026. Sumados, son más de US$ 40 millones destinados a una categoría de activos que en América Latina prácticamente no tenía inversores especializados cuando Peire empezó.

Ese sigue siendo, según su propio diagnóstico, el cuello de botella. Estas compañías necesitan cinco, seis o siete años de investigación y desarrollo antes de cumplir su promesa científica, y no hay en la región suficientes fondos dispuestos a acompañar plazos así. Por eso buena parte de su agenda es geográfica: en abril de 2025 llevó un roadshow con 21 startups del portfolio a Tulsa, Nueva York y San Francisco, y sostiene que el desafío pasa por construir puentes estables hacia Estados Unidos, Europa y Asia.

Una tesis sobre la región

Peire suele defender dos argumentos que ordenan su visión de negocio. El primero es de escala: hay unos 200.000 investigadores en ciencias de la vida en América Latina y casi ninguna empresa que los absorba. Con ese contraste, su portfolio de más de ochenta compañías —el mayor de la región— le resulta ridículamente chico frente al potencial.

El segundo es sobre biodiversidad. Más de veinte empresas de GRIDX usan la biodiversidad regional como materia prima de sus desarrollos en agro, alimentos o salud. Su lectura es que la naturaleza contiene información valiosa sobre cómo resolver problemas, y que tratarla como activo económico genera incentivos concretos para conservarla, además de los ambientales.

Argentina ocupa un lugar central en ese mapa: cerca de cincuenta de las empresas del portfolio son argentinas, algo que Peire atribuye a la densidad de investigadores por habitante del país y a que el proyecto arrancó ahí. También insiste en un punto que suele quedar fuera del discurso emprendedor: nada de esto ocurre sin financiamiento público a la ciencia básica, porque es la base desde la que se construye todo lo demás.

Liderazgo, docencia y ecosistema

Su influencia excede a la empresa. Es vicepresidente de Capital Semilla en ARCAP, la asociación que nuclea al capital privado, emprendedor y semilla en la Argentina, y coordina el programa Biotech & Negocios de la Universidad de San Andrés, donde forma ejecutivos en la lógica de una industria que casi nadie manejaba en la región hace una década. Fuera del ámbito profesional, integra el consejo de Educar2050.

En el circuito internacional aparece como orador en foros de inversión y ciencia aplicada, entre ellos el Global Investors Symposium del Milken Institute en Ciudad de México y el Synthetic Biology Summit, ambos en 2025.

Qué distingue su forma de conducir

Hay un rasgo que atraviesa todo su recorrido: la disposición a construir la oferta antes que a competir por ella. Frente a un mercado sin startups invertibles, Peire no ajustó su tesis a lo disponible, sino que armó la maquinaria para producir lo que faltaba. Ese movimiento —diagnosticar un vacío estructural y decidir ocuparlo— es lo que separa a un inversor de un constructor de ecosistemas.

El otro rasgo es la paciencia deliberada. Tres años de investigación antes de fundar, ciclos de I+D de más de un lustro, fondos que se suceden en lugar de apurar salidas. En una industria que premia la velocidad, Peire construyó su liderazgo sobre el tiempo largo de la ciencia.