
Agustina Besada

A los siete años convenció al encargado de su edificio y a los vecinos de separar los reciclables. Tres décadas más tarde dirige una empresa social que le mide la huella plástica a compañías enteras y que con una cadena de comida rápida alcanzó una tasa de reducción del 90%. En el medio dejó la carrera de medicina, se formó en diseño industrial y gestión de la sustentabilidad, manejó un centro de reciclaje en Brooklyn y cruzó dos veces el Atlántico en un velero de once metros tomando muestras del océano.
El primer proyecto fue a los siete años
La escena es un edificio de departamentos y una nena de siete años negociando con el encargado para que se separen los materiales reciclables. Convenció también a los vecinos. Fue su primera gestión de un sistema, aunque nadie lo hubiera llamado así.
Creció en una familia de clase media alta y pasaba los veranos en el campo, en el sur del país. A los trece se sumó a una actividad extracurricular de apoyo a la educación rural en el norte argentino, lo que en su biografía funciona como el segundo antecedente de lo mismo: meterse en problemas ajenos con intención de resolverlos.
El desvío llegó después. Empezó medicina, más por influencia familiar que por vocación propia, y la dejó tras un viaje a la Patagonia. Ese viaje le reordenó los intereses y la llevó al diseño industrial, una disciplina que parece lejana de la militancia ambiental y que en su caso explica bastante: el diseño industrial enseña a pensar cómo se fabrica un objeto, con qué materiales y qué pasa con él cuando se descarta.
Brooklyn, 400 recolectores y una conclusión incómoda
Después se formó en sustentabilidad en Barcelona y más tarde hizo la maestría en Gestión de la Sustentabilidad del Earth Institute de Columbia, además de un programa ejecutivo en la escuela de negocios de esa universidad, donde también trabajó en su centro de excelencia operativa. Esa combinación, diseño más gestión más método científico, es la que define cómo trabaja hoy.
En Nueva York empezó como voluntaria en Sure We Can, un centro comunitario de reciclaje de Brooklyn. Pasó al directorio y terminó dirigiéndolo. El lugar da trabajo a unos 400 recolectores urbanos, que procesan en promedio unas 40.000 latas de aluminio y botellas plásticas por día.
Ahí, en el lugar donde el reciclaje funciona bien, llegó a la conclusión que después organizó toda su carrera: el reciclaje no alcanza. Por más eficiente que sea el sistema de recuperación, el volumen de plástico que se produce lo desborda. La solución está antes, en no generarlo.
Es una conclusión incómoda para quien dirigía un centro de reciclaje, y es exactamente el tipo de decisión que distingue a un gestor de un militante: cambiar de estrategia cuando los datos contradicen la propia operación.
Siete meses de datos en el medio del Atlántico
En 2018 hizo algo que pocos directores de organizaciones harían: se subió a un velero y se fue a buscar los datos ella misma.
Navegó en el Fanky, una embarcación de 37 pies, desde Nueva York hasta Portugal, con escalas en Bermudas y las Azores. Después siguió por Europa. Cruzó el Atlántico dos veces y, según su perfil de Ashoka, el viaje completo se extendió unos siete meses. Lo hizo como exploradora de National Geographic.
La parte relevante para el liderazgo no es la aventura, es el método. Antes de salir diseñó un marco de trabajo: protocolo de entrevistas, criterios de recolección y análisis de datos. Tomó muestras de plástico oceánico para el 5 Gyres Institute, entrevistó a especialistas europeos, escribió sobre el viaje y respondió preguntas del público desde el barco.
Su manera de resumir el aprendizaje de Columbia es casi un principio de gestión: medir y cuantificar el problema antes de actuar.
Durante esos meses se gestó Unplastify.
Cómo se dirige una organización que vende lo que no se ve
El negocio que armó tiene un problema de comunicación que ella misma reconoce: es difícil mostrar el impacto del plástico que no se usó. No hay foto de la botella que no se fabricó. Aun así lo considera el camino más efectivo, y lo defiende con una idea prestada del mundo de los residuos: el mejor residuo es el que no se genera.
La respuesta a ese problema fue construir herramientas de medición. Unplastify desarrolló una metodología para calcular la huella plástica de una organización, que puede aplicarse a toda la compañía, a una línea de productos o solo a la operación interna. Eso permite comparar empresas entre sí, detectar las áreas prioritarias y armar una estrategia de reducción con la gente de adentro.
El programa corporativo tiene cuatro etapas: diagnóstico, co-creación, implementación y medición. El resultado más fuerte que documentó fue con una cadena de comida rápida, donde alcanzaron una tasa de desplastificación del 90%.
La palabra que usa para describir el objetivo no es concientización. Es cambio sistémico. Su crítica al enfoque habitual es directa: sostiene que el reuso, el reciclaje y los modelos de economía circular, por sí solos, no resuelven el problema del plástico.
Adolescentes que diseñan sus propios proyectos
El programa educativo, que funciona desde 2019, está planteado con la misma lógica de delegar en lugar de predicar.
Trabajan con chicos de 15 y 16 años, y lo que hacen no es darles una charla: los guían para que diseñen e implementen sus propios proyectos de reducción de plástico en la escuela, el barrio y la familia. Al momento de su elección como Ashoka Fellow, en 2022, el programa había pasado por nueve instituciones, incluidas una en Estados Unidos y otra en México, con unos 2.000 alumnos alcanzados directamente y 17.000 de manera indirecta. La aspiración declarada es una red de más de 500 escuelas en la región.
La idea de fondo es que las organizaciones impulsen las soluciones en lugar de depender de un experto externo. Para una consultora de impacto, es un modelo que renuncia deliberadamente a volverse imprescindible.
De la escuela a la ley
El tercer frente es el de política pública, y ahí también hay resultados concretos.
En 2019 asesoró a la entonces diputada Brenda Austin en un proyecto de ley para prohibir progresivamente determinados plásticos de un solo uso. En 2020 creó argentinanodescarta.org, una plataforma a través de la cual veinticinco municipios tienen hoy normativa vigente en la materia. El enfoque incluye medir el impacto potencial de una regulación antes de impulsarla y diseñar procesos participativos para lo que llaman una transición justa.
A eso se suma la campaña anual “Julio sin Plásticos”, un desafío de veintiún días adaptado del Plastic-Free July global, donde cada participante elige un plástico de un solo uso y lo elimina.
En 2022 Ashoka la eligió fellow, con una beca financiada por IKEA Social Entrepreneurship mediante el programa Dela. Antes había dado una charla TEDx en Columbia con un título que resume su diagnóstico: el elefante de plástico en la habitación.
El liderazgo como diseño de sistemas
Vista completa, su trayectoria no es la de una activista que se profesionalizó, sino la de alguien que aplicó herramientas de gestión a un problema que casi siempre se trata desde la indignación.
Las decisiones que la definen son todas de ese tipo. Dejó medicina por diseño industrial, que le dio el lenguaje de los materiales. Dirigió un centro de reciclaje y concluyó que el reciclaje no era la respuesta. Se fue a buscar datos primarios al océano en lugar de citar los de otros. Y construyó una metodología de medición para poder vender algo intangible.
La meta que se puso para el frente corporativo es de diez mil toneladas de plástico evitadas. Es el tipo de número que una empresa social necesita para existir: verificable, comparable y lo bastante grande para que valga la pena discutirlo.
